Penélope y Scheherazade
gatas brillantes y fugitivas
una plateada y otra carmín
combaten
contra los cortantes
trozos de papel de los mitos
aventando una madeja de cuentos
deshaciendo en la noche obrera
la pesadilla tramada en el día
ellas arañan esperanzas desvaídas:
la una del amor
la otra de la vida
6 comentarios:
Oh...que lindo poema... es genial como combina las dos historias...
escribe super!!!
Querido Centauro ... lo he extrañado mucho... ¿Por qué nos había dejado tanto tiempo sin sus letras?
...Las historias se tejen como los días: un poco de recuerdo y un poco de sueños, abriendo la puerta del presente; en la que confluye aquello que ha sido y lo que aún no se ha escrito.
En este "maktub" que a veces resulta ser la vida, inventarnos un nuevo nombre para cada día, un nuevo mundo para cada nueva historia e imaginar lo que no es todavía... Pone a nuestro alcance el tiempo.
Y resulta que a veces imaginamos y otras somos imaginados...
Buodika…
hay ternura en tu pregunta,
una ternura que reconoce la ausencia
como quien nota de pronto el silencio de una música querida.
Tu comentario trae consigo esa sensación
de que las letras son compañía,
y de que cuando faltan, se extrañan
como se extraña una voz cercana.
Qué bello es leer esa nostalgia tuya,
ese modo de decir “has vuelto”
sin nombrarlo del todo,
como si hablaras desde una puerta entreabierta
donde siempre hay un lugar para la poesía.
Gracias por esa calidez tan tuya,
por devolverle hogar al Centauro
con tan pocas palabras
y tanta alma.
Isis de la noche…
tus palabras siempre llegan como un sortilegio suave,
hilando presente y destino con esa lucidez tuya
que convierte cualquier lectura en un acto de revelación.
Lo que escribes tiene el pulso de quien entiende
que las historias no solo se cuentan:
se encarnan, se sueñan, se recuerdan desde dentro.
Tu mirada hace que el poema respire otro tiempo,
uno donde lo imaginado y lo vivido
se confunden en la misma bruma.
Es hermoso cómo logras que incluso los que solo observamos
sintamos que el hilo de Penélope y las noches de Scheherazade
pasan también por nuestras manos.
Gracias por ese don tuyo de iluminar los versos
con la misma delicadeza con que se toca un secreto.
Este poema respira como dos cuerpos que se rozan a contraluz:
Penélope y Scheherazade, gatas vivas, una plateada, otra carmín, desatan y reanudan la noche.
Arañan los “trozos de papel” de los mitos como si la página fuese piel:
no para quedarse presas, sino para inventarse otra forma de latido.
Pero en cuanto sus uñas encienden el aire, aparecen dos sombras tutelares:
Quirón, el sanador herido,
se acerca con la paciencia de quien conoce el dolor por dentro.
Les presta su ciencia silenciosa:
les enseña que también el deseo cura,
que el tejido de Penélope puede volver cicatriz luminosa,
y que cada cuento de Scheherazade es una medicina que se bebe con la boca entreabierta.
A su lado, el rasguño no es violencia: es escritura sobre el cuerpo.
Y Buodika, reina de asedio,
irrumpe con su cabellera de incendio y una dulzura feroz en la mirada.
No viene a destruirlas, sino a desencadenarlas:
les devuelve la insolencia de existir sin permiso,
las alienta a desgarrar las ataduras de papel,
a tomar la noche por la cintura y a hacerla suya.
Su presencia vuelve el poema un campo de rebelión íntima,
donde amar y sobrevivir son el mismo gesto pronunciado con la lengua en la comisura.
Entonces, la danza se entiende:
Penélope no espera, seduce al destino con su hilo deshecho;
Scheherazade no suplica, manda a la muerte a dormir contándole historias.
Quirón les cura lo indecible con un tacto sabio,
y Buodika les recuerda que la piel también es un estandarte.
El poema, mínimo, se vuelve gemido contenido:
en su breve fulgor cabe una rebelión de mujeres,
una curación antigua,
y ese deseo suave y peligroso
de arrancar al mito su máscara para besarle la verdad.
Porque aquí el mito no se recita:
se acaricia.
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